La alimentación
no sustituye el tratamiento médico en las neoplasias mieloproliferativas (MPN),
pero sí puede desempeñar un papel relevante en el control de los síntomas, la
inflamación y la calidad de vida. En los últimos años, la evidencia científica
ha empezado a explorar cómo determinados patrones dietéticos y nutrientes
pueden influir tanto en el riesgo como en la evolución de estas enfermedades.
Dieta y
riesgo de MPN
Uno de los
estudios más relevantes en este ámbito es el estudio de cohorte NIH-AARP, que
analizó a casi medio millón de adultos. Los resultados mostraron que un alto
consumo de azúcares, especialmente fructosa y azúcares presentes en bebidas, se
asociaba con un mayor riesgo de desarrollar policitemia vera. En concreto, las
personas con mayor ingesta tenían un riesgo aproximadamente un 70–80% superior
respecto a las de menor consumo.
En cambio, no
se encontró una asociación clara entre el consumo de grasas, proteínas, carne o
verduras y el riesgo de MPN. Tampoco se observaron asociaciones relevantes en
trombocitemia esencial.
Un dato
interesante es que el consumo elevado de café con cafeína se asoció con un
menor riesgo de policitemia vera, mientras que el café descafeinado no mostró
este efecto.
Intervenciones
dietéticas en pacientes con MPN
Más allá del
riesgo, también se ha estudiado cómo la alimentación puede influir en pacientes
ya diagnosticados. En el ensayo piloto NUTRIENT, se evaluó la viabilidad de
seguir una dieta mediterránea durante 15 semanas en pacientes con MPN. Más del
80% de los participantes lograron una alta adherencia a este patrón
alimentario.
Tanto el grupo
que siguió dieta mediterránea como el grupo control mostraron mejoría en los
síntomas, aunque no se observaron cambios significativos en marcadores
inflamatorios ni en la microbiota intestinal en ese periodo.
Revisiones
científicas sugieren que intervenciones no farmacológicas como la nutrición, el
ejercicio físico y el apoyo psicológico pueden contribuir a mejorar síntomas y
reducir la inflamación.
Dieta
antiinflamatoria
Las MPN suelen
cursar con inflamación crónica de bajo grado. Una dieta antiinflamatoria busca
modular este proceso a través de la alimentación.
Se recomienda
aumentar el consumo de ácidos grasos omega-3 presentes en pescados azules y
semillas, mantener un equilibrio con los omega-6 y reducir alimentos
ultraprocesados.
Además, una
dieta de bajo índice glucémico ayuda a evitar picos de insulina que favorecen
procesos inflamatorios. El consumo de verduras y frutas aporta antioxidantes
clave para el equilibrio oxidativo.
Micronutrientes
y síntomas
Algunos
nutrientes pueden ayudar a manejar síntomas frecuentes. La fatiga puede
beneficiarse de una adecuada ingesta proteica; el dolor articular, de
compuestos antiinflamatorios; y los problemas digestivos, de una dieta rica en
fibra y alimentos funcionales.
En casos de
anemia, puede ser importante asegurar un buen aporte de hierro, ácido fólico y
vitamina B12 a través de la alimentación, siempre bajo supervisión.
Suplementos
El uso de
suplementos es frecuente. Según encuestas en pacientes con MPN, cerca de la
mitad utiliza suplementos como vitamina D, omega-3 o magnesio. Sin embargo,
muchos no lo comunican a su equipo médico.
Es importante
evitar la automedicación con suplementos, ya que pueden no ser necesarios o
incluso interferir con tratamientos.
Conclusiones
La alimentación
debe considerarse una herramienta complementaria dentro del abordaje integral
de las MPN. Un patrón tipo dieta mediterránea, con enfoque antiinflamatorio,
puede ayudar a mejorar síntomas y calidad de vida.
Es fundamental
individualizar las recomendaciones y mantener siempre la coordinación con el
equipo sanitario.
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DN Carla Not